En la noche del 30 al 31 de agosto, un ficus centenario se partió por la mitad en el barrio de La Paz, en Málaga. El Ayuntamiento decidió talarlo por completo. Los vecinos, que habían dejado un mensaje al pie del tronco: "Gracias por tu sombra", protestaron en dos ocasiones, primero decenas y luego más de un centenar. La promesa municipal de reponerlo no tiene fecha. Este episodio refleja una tendencia preocupante: la tala de árboles urbanos se ha convertido en una medida recurrente en las ciudades españolas.
Miedo, especulación y hormigón
Detrás de estas decisiones suele haber una combinación de factores. Por un lado, los grandes temporales, como la borrasca Filomena, que en Madrid derribó o forzó la tala de 94.115 árboles, el 5,5% del arbolado municipal, han dejado una imagen de los árboles como amenaza. Por otro, la asociación entre árboles y combustible en un contexto de incendios forestales ha llevado a talas preventivas. A esto se suma un modelo urbanístico que prioriza las plazas duras y el pavimento continuo, donde los árboles estorban para el mantenimiento.
Los datos del Ayuntamiento de Madrid, recopilados por Somos Madrid, muestran una pérdida de 78.616 árboles maduros entre 2019 y 2022, casi un 20% menos, y en las calles la caída fue del 22%. En Zaragoza, la Mesa del Árbol denuncia que la plaza de San Miguel ha pasado de 39 árboles antiguos a unos 20, y la Federación de Barrios contabiliza 10.000 árboles menos desde 2022. En Toledo, el polígono residencial tiene aproximadamente 400 árboles menos que hace un lustro. En A Coruña, a pesar de que la alcaldesa asegura plantar el doble de lo que corta, los chopos de 25 metros de la plaza de Ourense fueron talados por pudrición. En Barcelona, la sequía obligó a priorizar el riego y se dejaron de reponer 7.500 árboles, aunque se recuperó el 80%. En Valencia, Compromís contabiliza 4.961 alcorques vacíos o con árboles muertos.
La voz de los vecinos
Las protestas vecinales se multiplican. En Zaragoza, la Mesa del Árbol reclama una mesa institucional porque la Comisión de Biodiversidad no se reúne desde 2016. En Carabanchel, los vecinos organizaron una ruta donde los árboles toman la palabra. En Toledo, la oposición exige el informe técnico de cada tala. En Málaga, Podemos e Izquierda Unida registraron 26 preguntas sobre un único ficus. La falta de transparencia y de participación ciudadana es una constante.
Los ayuntamientos argumentan razones de seguridad y prometen replantar, pero los plazos se dilatan. Mientras tanto, la pérdida de arbolado urbano tiene consecuencias directas: un árbol adulto puede reducir la temperatura bajo su copa hasta 3,5 °C, y una cobertura arbórea del 30% evitaría un tercio de las muertes por isla de calor, según ISGlobal. Un plantón tarda al menos 20 años en ofrecer sombra similar.
El debate sigue abierto. Las ciudades españolas se enfrentan al reto de compatibilizar la seguridad con la necesidad de mantener un arbolado que mitigue el calor y mejore la calidad de vida. Por ahora, la tala preventiva se impone sin un debate público suficiente.
