El telescopio de neutrinos IceCube, enterrado en el hielo antártico, acaba de recibir el espaldarazo definitivo: el Nobel de Física 2026 para su ideólogo, Francis Halzen. Detrás de ese reconocimiento hay una historia de aislamiento extremo, tecnología puntera y partículas fantasma que atraviesan el universo sin ser detectadas. El físico español Carlos Pobes fue uno de los investigadores que cuidó el instrumento durante ocho meses de soledad en el Polo Sur.
Pobes viajó a la Antártida en 2011 como winter-over, la figura encargada de mantener en funcionamiento el detector cuando ningún avión puede aterrizar en la base Amundsen-Scott. Durante ese periodo, las temperaturas cayeron por debajo de los -60 ºC y la noche se volvió perpetua. Su testimonio permite entender qué hay detrás de un proyecto que ha requerido más de tres décadas de trabajo científico.
Los primeros neutrinos cósmicos
Uno de los episodios más relevantes de su estancia ocurrió durante las celebraciones de Año Nuevo de 2012. Un apagón en el edificio de control obligó a horas de reparaciones. Poco después, el detector registró un neutrino ultraenergético que había viajado millones de años por el cosmos. Los análisis posteriores confirmaron la llegada de dos partículas de alta energía, bautizadas como Epi y Blas. Aquel hallazgo marcó el inicio de la astronomía de neutrinos.
IceCube, cuya construcción finalizó en 2010, requirió perforar más de 80 agujeros de 2,5 kilómetros de profundidad en el hielo para alojar más de 5.000 sensores de luz. Cada segundo, miles de partículas cruzan el hielo, pero solo unas pocas al año son neutrinos de interés astrofísico. Un conjunto de ordenadores en superficie se encarga de encontrar esa aguja en el pajar.
El propio Pobes conoció a Halzen durante su entrenamiento en Madison y destacó su cercanía. Halzen nunca ha viajado al Polo Sur: siempre ha defendido que no tiene una labor específica allí y que el coste del viaje es demasiado alto para los ajustados presupuestos de investigación, por lo que cede su puesto a compañeros con responsabilidades en la construcción o el mantenimiento.
Un futuro ampliado
El legado de IceCube no termina aquí. Varios instrumentos similares están en construcción, como KM3NeT, un gemelo submarino ubicado en el Mediterráneo con participación española. Además, el observatorio antártico ha completado este año una actualización de su zona central para mejorar la sensibilidad a energías más bajas, y se proyecta una ampliación que lo haría hasta ocho veces más grande, aunque aún no ha sido aprobada.
El reconocimiento del Nobel podría dar el impulso definitivo a esa ampliación, que permitiría afinar la nitidez de unos ojos con los que la humanidad empieza a observar el universo de una forma completamente nueva.
