La temperatura del rotor en los motores eléctricos de imanes permanentes es un enemigo silencioso: si supera cierto umbral, los imanes pierden su magnetización de forma irreversible. Hasta ahora, las soluciones para medirla con precisión eran costosas o complejas, pero una estudiante alemana ha encontrado una alternativa más sencilla y económica que podría cambiar las reglas del juego.
El desafío de medir la temperatura del rotor
En los motores eléctricos de imanes permanentes, los más comunes en la actualidad, el rotor gira a altas revoluciones, lo que impide colocar un sensor de temperatura convencional. La industria ha recurrido a estimaciones por software, pero estas tienen un margen de error de hasta 15 ºC. Esa imprecisión obliga a los fabricantes a sobredimensionar los imanes con más tierras raras, encareciendo el motor y aumentando la dependencia de materiales críticos.
Si la temperatura supera la llamada temperatura de Curie, los imanes se desmagnetizan y el motor queda inservible, obligando a una sustitución completa. Por eso, conocer la temperatura real es clave para exprimir la potencia sin riesgos.
Tres enfoques, una meta común
Continental presentó en 2025 su sistema «eRTS», que mide directamente la temperatura en el rotor mediante un sensor inalámbrico junto a los imanes. Esto reduce el error a solo 3 ºC, permitiendo ajustar mejor la cantidad de tierras raras necesarias.
ZF, por su parte, apuesta por la inteligencia artificial con «TempAI», un modelo que aprende del comportamiento del motor y mejora la precisión de la predicción en más de un 15 %. Según la empresa, esto permite explotar hasta un 6 % más de potencia punta y mejorar la eficiencia entre un 6 % y un 18 % en conducción dinámica.
La solución más barata: el sensor Hall
La tercera vía, y la más económica, llega de la mano de Regina Luig, una estudiante alemana que en su premiado trabajo de fin de grado en la Universidad de Ciencias Aplicadas de Coburgo ideó un método indirecto. Su sistema aprovecha el sensor Hall, un componente que ya está presente en todos los motores eléctricos para detectar la posición del rotor.
El campo magnético de los imanes varía con la temperatura: se debilita cuando se calientan y se recupera al enfriarse. Luig desarrolló un modelo matemático que traduce esas variaciones, ya captadas por el sensor Hall, en un valor fiable de temperatura. «El sensor Hall detecta campos magnéticos sin necesidad de tocarlos físicamente. En un motor eléctrico va colocado fijo, junto al rotor, y su trabajo es hacer de “brújula”», explica la autora.
La lógica es simple: cuanto más exactamente se conoce la temperatura real, más potencia se puede exigir al motor sin miedo a dañarlo. Es la misma conclusión a la que llegaron Continental y ZF, pero reutilizando un sensor que el motor ya lleva instalado.
Este avance podría abaratar la producción de motores eléctricos y reducir el uso de tierras raras, un material crítico cuyo suministro está dominado por China. Aunque las soluciones de Continental y ZF ya están en desarrollo, la propuesta de Luig demuestra que la innovación también puede surgir desde el ámbito académico con recursos limitados.
