El malestar social por el precio de la vivienda en España tiene nombres y apellidos: BlackRock y Blackstone. Estos fondos de inversión estadounidenses, según un análisis crítico, actúan como los nuevos amos del mercado, condicionando la vida de la clase trabajadora y erosionando la soberanía económica del país.
La historia se remonta a 1953, cuando el dictador Francisco Franco firmó los pactos de Madrid con Estados Unidos. Aquellos acuerdos permitieron la instalación de bases militares y abrieron la puerta a una avalancha de capital estadounidense que, bajo la apariencia del "milagro económico español", consolidó una dependencia que perdura hasta hoy.
El poder de los fondos buitre
En la actualidad, BlackRock se ha convertido en el mayor inversor privado de la bolsa española, superando incluso al propio Estado. Su presencia abarca sectores estratégicos como la banca, el transporte, las energéticas, las constructoras, la alimentación y la agricultura. Por su parte, Blackstone es el mayor arrendador del país: desde su llegada en 2013, sus decisiones sobre los precios del alquiler han marcado una tendencia siempre al alza, afectando directamente a los inquilinos.
Este dominio no se limita al ámbito civil. BlackRock ha inyectado más de 350 millones de euros en Indra, una empresa clave del tejido industrial militar español. Además, el fondo tiene intereses en gigantes armamentísticos como Lockheed Martin, RTX, Boeing y Northrop Grumman, lo que lo vincula directamente con el rearme europeo en un contexto de creciente tensión bélica.
El análisis sostiene que estos grupos actúan con un espíritu colonial, saqueando a la población local y privándola de cualquier tipo de soberanía. Problemas como la vivienda, la energía o la soberanía alimentaria, aunque afectan a toda la sociedad, tienen su origen en la colaboración entre la clase política y la oligarquía local con estos enviados del imperio.
La conclusión es contundente: los mismos que desahucian y explotan a la clase obrera son los que, en última instancia, la empujan a vivir bajo un puente o a morir en una guerra. Mientras tanto, los fondos se preparan para lucrarse incluso con la reconstrucción tras un posible desastre.
